Archivo de la categoría ‘Vitaminas para el Alma’
Frederick William I, rey de Prusia, no se dio a conocer por una disposición agradable. Su pasión era su ejército y pasó mucho tiempo de su vida tratando de establecerlo. No le interesaba casi nada más ni nadie más, incluyendo a su familia. Con frecuencia fue cruel con su hijo, quien más tarde le sucedió en el trono como Frederick II, el Grande. Ya anciano, con frecuencia Frederick William caminaba solo por las calles de Berlín. Sus súbditos huían de él. Se cuenta que en uno de esos paseos, un ciudadano lo vio venir e intentó escapar del monarca a través de un portal.
Tú–le gritó el rey–, ¿a dónde crees que vas?
–A mi casa, Su Majestad–contestó nervioso el hombre.
–¿Es esa tu casa?–le preguntó Frederick.
–No, Su Majestad.
–Entonces, ¿por qué estás tratando de entrar ahí?
–Bueno, Su Majestad–admitió el hombre, preocupado de que lo tildaran de ladrón–, es que no quería encontrarme con usted.
–¿Por qué?–preguntó el rey.
–Porque le tengo miedo, Su Majestad.
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de Armando Quintana
Hace unos años lo comentaba en una tertulia. Mientras no tengamos hijos de inmigrantes en nuestra
selección nacional de fútbol no nos acostumbraremos a ver normal el fenómeno migratorio. Mientras
eso no ocurra no se dará en los ambientes sociales la normalidad de la mezcla.
Como ya, desde hace tiempo, ocurre en Holanda, Alemania, Francia y otros donde es normal que
jugadores de color y de otros países se mezclen, como nacionales más, defendiendo los colores de un
país europeo.
A éstos, y los que ya juegan en equipos nacionales de cualquier división, conservando aún su
nacionalidad, no se les llama inmigrantes, sino galácticos. Y todos reciben semana tras semana los
aplausos de su público, o las reprobaciones si no jugasen bien. Pero ya no por ser de otro país, sino por
no saber utilizar la técnica correspondiente en el momento oportuno.
El ejemplo clásico es Zidane, retirado del fútbol activo. Hijo de argelinos, cuyos padres hasta hace un
par de años al menos no podían votar en Francia, ha sido y sigue siendo todo un héroe nacional. Y no
deja de ser un inmigrante más. Eso sí, futbolista. No ha tenido que pasar por los tomateros ni por zafra
alguna. Ni tampoco por años de espera y largas colas ante una oficina gubernativa para conseguir sus
papeles.
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El éxito no siempre tiene que ver con lo que mucha gente ordinariamente se imagina.
No se debe a los títulos que tienes, sean de nobleza o académicos, ni a la sangre heredada o a la escuela donde estudiaste.
No se debe a las dimensiones de tu casa, a cuántos autos caben en tu cochera o si éstos son último modelo.
No se trata de si eres jefe o subordinado, si escalaste la siguiente posición en tu organización o estás en la ignorada base de la misma.
No se trata de si eres miembro prominente de clubes sociales o si sales en las páginas de los periódicos.
No tiene que ver con el poder que ejerces o si eres un buen administrador, si hablas bonito, si las luces te siguen cuando lo haces.
No es la tecnología que empleas, por brillante y avanzada que esta sea.
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de Rafael Amor
No me llames extranjero, porque haya nacido lejos, o porque tenga otro nombre la tierra de donde vengo.
No me llames extranjero, porque fue distinto el seno, o porque acunó mi infancia otro idioma de los cuentos.
No me llames extranjero si en el amor de una madre, tuvimos la misma luz, en el canto y en el beso, con que nos sueñan iguales las madres contra su pecho.
No me llames extranjero, ni pienses de dónde vengo, mejor saber dónde vamos, adónde nos lleva el tiempo.
No me llames extranjero, porque tu pan y tu fuego, calman mi hambre y mi frío, y me cobija tu techo.
No me llames extranjero, tu trigo es como mi trigo, tu mano como la mía, tu fuego como mi fuego y el hambre no avisa nunca, vive cambiando de dueño.
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de Bobbie Probstein
Cuando mi padre me hablaba, siempre empezaba la conversación diciendo: “¿Ya te dije cuánto te adoro?”. La expresión de amor era correspondida y en sus últimos años, cuando su vida empezó a decaer, nos acercamos aún más…
A los 82 años estaba dispuesto a morirse y yo a dejarlo partir para que su sufrimiento terminara. Nos reímos, lloramos, nos tomamos las manos, nos dijimos nuestro amor y estuvimos de acuerdo en que era el momento. Dije: “Papá, una vez que te hayas ido, quiero que me envíes una señal de saber que estás bien”.
Mi padre y yo estábamos ligados tan profundamente, que en el momento de su muerte, sentí profundamente su infarto. Día tras día rezaba para saber algo de él, pero no pasaba nada. Pasaron 4 meses y lo único que sentía era el dolor de su pérdida. Mamá había muerto 5 años antes, del mal de Alzheimer. Leer el resto de esta entrada »
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Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol.
Muy cerca del camino se encontraba un chapulín. -Hacía dónde te diriges?, le preguntó.
Sin dejar de caminar, la oruga contestó: -Tuve un sueño, anoche soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.
Sorprendido, el chapulín dijo mientras su amigo se alejaba: -Debes estar loco!, Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? -Tú, una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable. Leer el resto de esta entrada »
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Todos los años en el día de mi cumpleaños a partir de las doce, alguien me enviaba anónimamente una gardenia blanca a mi casa.
Nunca venía acompañada de una tarjeta o una nota, y las llamadas a la floristería resultaban inútiles porque la adquisición siempre era en efectivo.
Después de un tiempo, renuncié a tratar de descubrir la identidad del desconocido. Sólo me deleitaba con la belleza y el perfume de aquella mágica flor, anidada en un papel de seda rosado. Pero nunca dejé de imaginar quién podría ser el remitente. Pasaba algunos de mis momentos más felices soñando despierta con alguien maravilloso y emocionante, pero demasiado tímido o excéntrico como para revelar su identidad.
Durante mi adolescencia, me divertía especulando con que el remitente podría ser un muchacho del que estaba enamorada, o incluso alguien a quien no conocía y que se había fijado en mí. Mi madre a menudo participaba en mis especulaciones. Me preguntaba si había alguien con quien hubiera tenido una bondad especial, que me manifestara anónimamente su gratitud.
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Hay momentos, en nuestras vidas, en los cuales perdemos todo. Puede que sea la quiebra de nuestra empresa, el empleo de muchos años, puede ser un divorcio, puede ser un cambio en la economía, puede ser una guerra, puede ser un crimen, puede ser una muerte.
Por más brillante y rica que sea una persona, se encontrará en el fondo del pozo en algún momento de su vida, pero el ideal, es que tales momentos sean puntuales y raros. Y lo serán, si nos preparamos para salir de ellos, antes de que sucedan. No tengas miedo de esos momentos, pues van a ocurrir de cualquier forma. Son esa parte de la existencia sobre la cual no tenemos control. Por eso es mejor desde ya, tener en mente un pensamiento que nos va a ayudar mucho: “La ventaja, de estar en el fondo del pozo, es que cualquier movimiento nos lleva hacia arriba.”
Esos momentos pueden causarnos pánico y recelo sobre el futuro. Desafortunadamente, la mayoría de las personas hemos sido enseñadas a sufrir por el dolor del fracaso, pero no sobre cómo usar lo aprendido de esos fracasos para construir los nuevos caminos con dirección a la victoria; aprendemos sobre las lágrimas de la amargura, pero no sobre cómo usar esas lágrimas para volvernos mejores personas, día tras día; nos dijeron sobre la soledad de la pérdida, sin jamás acordarse de la importancia de que, cuando estemos solos, nos detengamos para reflexionar sobre lo que debemos cambiar, para que las pérdidas no se repitan.
Verdaderamente, escuelas, facultades y gran parte de nuestra sociedad nos enseñan que el fracaso, la pérdida y la falla son cosas horribles, lo que muchas veces es cierto, pero casi nunca nos enseñan lo que tenemos que hacer para salir del fondo del pozo.
Por más dolor que sientas, todo eso por lo cual estás pasando es una dolorosa percepción. Una evaluación de la realidad con base en el desastre. Tu dolor es muy real, pero es necesario comprender que el dolor necesita ser contenido, para que podamos pensar y actuar, para colocar nuestra vida en el carril nuevamente. Por eso, cuando estés caído en el fondo del pozo, descansa un poco y mira a tu alrededor. Duerme, si es preciso. Llora, si es preciso. Pero, después de algún tiempo, sal de allí. No verás nada; por algunos momentos, estará oscuro y te sentirás perdido. Eso es natural. Pero, vamos a buscar lo que también es natural: es natural que tú, habiendo tropezado con uno de los puntos bajos de tu vida, solamente necesites hacer un movimiento y ya estarás más próximo de la salida.
No te preocupes en olvidar el dolor, pues él es parte de ti. Son las cicatrices las que te vuelven una persona más completa, más rica internamente, más viva. Puede ser que tardes y que tengas que “resbalar” mucho, pero echarle la culpa a una persona o situación (aunque sean culpables) no va a sacarte a tí, o a tus sueños, del fondo del pozo. Solamente la acción puede generar resultados.
Acuérdate de que la ventaja de estar en el fondo del pozo, es que cualquier movimiento nos lleva hacia arriba. Busca la salida, levántate y recomienza el camino. Mientras más pronto, mejor.
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